Solidaridad: Se necesita un guionista para George Romero

•18 agosto 2011 • Dejar un comentario

Se sabe: al tipo lo queremos. Inventó el cine de zombies tal como lo conocemos hoy (no hace falta subrayar el intenso e inexplicable placer que nos produce ver a una horda de tipos maquillados que con torpeza se abalanza sobre otro grupo de tipos no tan maquillados para morderlos al ritmo de sonidos guturales), nos ha hecho celebrar con un puñado de grandes obras, y es evidente su intención por innovar y generar nuevas ideas. El problema radica en que con nada de esto hacemos una buena historia.

Desde el punto de vista de la construcción de la trama, la caracterización de los personajes y la creación de climas, La resurrección de los muertos (Survival of the dead), el más reciente trabajo de Romero, es incluso peor que su anterior film (Diario de los muertos), lo cual ya es mucho decir. Y es una lástima, porque la película no carece de momentos interesantes de reflexión, encrucijadas que ponen a prueba el pensamiento del espectador y una bajada de línea bastante aguda sobre el rol de los militares en un conflicto y el comportamiento de los civiles (y también buenas escenas de gore, más que en sus últimas películas). Pero esta potencia discursiva va perdiendo poco a poco sus fuerzas cuando en el medio nos tenemos que fumar las casualidades que resuelven los conflictos, la pobre construcción de los personajes (en la que no poco tienen que ver unas actuaciones flojísimas) y el cambio de registro que vira a veces hacia un humor cercano al de Looney Tunes, que nada tiene que ver con el resto de la película.

Es claro que Romero sigue empecinado en realizar esta suerte de ensayos fílmicos en el formato de película de zombies. Lo que pareciera no poder ver es que aquello que quiere transmitir –y que se logra vislumbrar en los destellos más lúcidos del film- queda opacado por la inconsistencia de una historia que tropieza todo el tiempo, hasta terminar por caerse. El gusto amargo después de la película no me lo quita nadie, y ya no hay espacio para ser indulgente con el Maestro. En sus próximas obras no le vendría mal trabajar junto a un guionista que pueda canalizar las buenas ideas del director en una historia sólida, que quite del primer plano el discurso cerrado del realizador y deje a los personajes y sus acciones elaborar las preguntas que resuenen en la cabeza del espectador. Quién dice que esa no sea la forma de que resucite –ironía, sí- ese cine de zombies alegórico de nuestra sociedad que tan bien supo construir George Romero en sus mejores épocas.

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Exposición en Fundación Lebensohn

•18 junio 2011 • Dejar un comentario

Un cuento que escribí hace un tiempo (“Pensar en frío”) quedó seleccionado en el concurso de cuentos y fotografía “Libres por la paz” que organiza la Fundación Lebensohn.

El cuento se va a exponer (sí, a mí también me parece raro) del 21 de junio al 15 de julio en General Hornos 238, Barracas, con entrada gratuita.

Hotel de las Ideas #5

•9 junio 2011 • Dejar un comentario

Adelanto de mis dos colaboraciones con Hotel de las Ideas #5, especial dedicado a la música.

La primera es “Hecho de Sangre”, con dibujos de Natalia Ramos. La segunda es “Loop”, sobre una idea de Érica Villar y con dibujos de Daniel “Gigerama” Perrotta.

Ya está a la venta! Se agota!

Todo es mucho

•4 junio 2011 • 1 comentario

Todo es, hasta el momento, lo mejor que vi de Rafael Spregelburd. La obra –escrita y dirigida por él en la puesta que va los viernes y sábados en el teatro Beckett- es ambiciosa, como deja traslucir su título escueto y abarcativo, y se propone una mirada sobre la construcción de la identidad, acaso argentina pero también fácilmente aplicable a gran parte de la humanidad.

Todo es resultado de un encargo que le encomendara a Spregelburd el teatro Schaubühne de Berlín, para el Festival “digging deep and getting dirty”, y está dividido en tres partes (como tres pequeñas obras), cada una encabezada por una pregunta: ¿Por qué todo estado deviene burocracia?, ¿por qué toda obra de arte deviene negocio? y ¿por qué toda religión deviene superstición? Pavada de preguntas, pero de las que la obra sale airosa, con aproximaciones muy interesantes, que interpelan al espectador y lo exigen a profundizar(se), a replantear ideas y costumbres, a situarse en un lugar ambiguo en el que no es fácil estar cómodo.

Como en todas las obras del autor, el grotesco que causa risas (y muchas) al comienzo, lentamente desciende hacia zonas más oscuras en donde no es posible soltar la carcajada sin sentirse culpable.  En ese traspaso de lo ridículo a lo patético, de lo jocoso a lo compasivo, de la luz a la sombra reside, tal vez, la clave de la obra de Spregelburd.

Y también, por supuesto, la construcción originalísima del relato, la forma sutil de conectar las tres partes de la obra hasta formar –y no es mero juego de palabras- el todo. Acompañan las muy buenas actuaciones, en donde destaco los trabajos de Alberto Suárez y del propio Spregelburd (a quien, curiosamente, siempre le tocan papeles de intelectual presumido y snob).

Es probable que la carga de emociones y reflexiones sea demasiada para una sola vez, quedan cosas dando vueltas por la cabeza durante varios días. Todo es mucho, sí, pero como dice un viejo refrán, aquí “lo que abunda no daña”. Es más, estimula.

[Arriba, una presentación de Spregelburd en el evento TEDx Buenos Aires, gentileza de mi amigo Diego Rey].

Lennon

•27 mayo 2011 • 1 comentario

“Muchas veces tengo miedo, pero nunca tengo miedo de temer, de lo contrario todo sería terrorífico. Pero es más doloroso tratar de no ser quien uno es. La gente pasa mucho tiempo tratando de ser alguien que no es, y creo que eso trae enfermedades terribles. Por ahí eso te trae cáncer o algo así. Un montón de tipos que se hacen los duros se mueren de cáncer, ¿te diste cuenta? Wayne, McQueen. Creo que tiene algo que ver –y conste que no sé, que no soy ningún experto en la materia- con vivir constantemente atrapado en una ilusión que tienen de ellos mismos, reprimiendo cierta parte de su personalidad, ya sea el costado más femenino o el lado más temeroso.

Yo sé de qué se trata porque vengo de esa misma crianza machista. Nunca fui realmente un chico callejero ni un tipo duro. Me vestía como un Teddy Boy y me identificaba con Marlon Brando y Elvis Presley, pero nunca estuve en una pelea callejera de verdad ni me metí en una pandilla. Era un pibe de los suburbios, que imitaba a los rockeros. Pero uno pasaba gran parte de su vida aparentando ser rudo. Me pasé toda mi infancia con los hombros levantados en posición de guardia, y sin anteojos, porque usar anteojos era de maricones, y así es como iba por la vida totalmente aterrado, pero poniendo cara de ser el tipo más malo del mundo. Quería ser un duro como James Dean todo el tiempo. Tuve que luchar mucho para dejar de comportarme así, y a veces todavía caigo en eso cuando me pongo nervioso o me siento inseguro. Vuelvo a caer en esa pose de chico callejero, pero me fuerzo a recordar que nunca lo fui en realidad.”

Fragmento de la última entrevista a Lennon, que le hizo Jonathan Cott para Rolling Stone. Acá se publicó en la edición de enero de 2011.

El mundo animado

•20 mayo 2011 • 1 comentario

En el sitio web sobre historieta que dirige el amigazo Hernán Martignone, arranco con una columna sobre cine de animación, “El mundo animado”. Una selección arbitraria y caprichosa que intentará retratar distintas historias, técnicas y escuelas de producción. Espero que les guste. Pueden leer la primera entrega haciendo click aquí.

Cuento: La Toña

•15 mayo 2011 • 3 comentarios

Escribí este cuento para el último concurso que organizó Metrovías. La consigna era “historias de carnaval”. Lo cuelgo acá para que lo puedan leer, espero que les guste.

LA TOÑA

“En resumen: una loca”. Ese era el comentario habitual de mi madre sobre su hermana Lily. Ella era la extravagante, la liberal, la que se había ido a recorrer el Norte de mochilera; todo lo contrario al modelo conservador y de buenas costumbres de su hermana Silvia. Eso no impedía, sin embargo, que se tuvieran un sincero cariño. Habíamos ido para su casa, y mientras mi viejo y mis primos se fueron al comedor  a mirar la carrera, yo me quedé un rato en la cocina con las dos “señoras de la casa”. Por algún motivo, acaso por la cercanía de la fecha, había salido el tema de los viejos festejos de carnaval.

– No sabés lo que era tu tía –decía mi madre, con el rostro encendido. – Se tiraba unos trapos encima, se ponía una peluca, un pañuelo, se maquillaba toda y salía a pavonearse por la calle. ¿Vos podés creer que nadie la reconocía? La miraban con una cara… Recién a la noche, cuando nos sacamos los disfraces, el resto de los chicos se dio cuenta de quién era.

Mi tía dio una chupada al mate, se le oyó por lo bajo un “ya está” y sacó la pava del fuego:

– ¿Viste con qué poco nos divertíamos, Silvia?

– ¡Qué manera de reírnos! Y todo lo que le gritaban. “¡Lily, ídola! ¡Genia del disfraz!”.

Yo estaba un poco confundido.

– No entiendo ¿Se disfrazaban y después qué hacían?

Lily trajo el mate y se sentó a la mesa con nosotros.

– A la tarde cortaban la calle y salíamos a caminar con los chicos de la cuadra. Cantábamos, hacíamos bochinche. Pasábamos casa por casa y tocábamos el timbre, a ver si nos tiraban unos pesos.

– ¿Y todos se disfrazaban?

– Sí. Por ahí algún amargo ponía la excusa de que la mamá no lo dejaba. Pero salían casi todos: Bochi, Raúl, el Panza… la Toña. ¿Te acordás de la Toña, Silvi?

Mi madre asintió mientras tomaba el mate. Me dio la sensación de que no quería hablar.

– Vos no sabés cómo la gastaba tu mamá a la Toña –me dijo la tía, con una media sonrisa. – Ahora la ves así santita, pero era mala como ella sola.

– ¡Qué decís, nena! ¿Qué me andás haciendo mala fama? –saltó mi vieja, mientras le propinaba un cachetazo en el hombro.

– ¿Mala fama? ¿Por qué no le contás a tu hijo las cosas que le decías? Con lo buena que era la Toña. No sabés cómo te quería.

– Era una cargosa, Lily –le retrucó, con el tono de quien dice una verdad absoluta. – Además  ¿vos te acordás lo que era? Siempre despeinada, flaca, con ese “coso” que le sobresalía de la nariz.

– ¿Ves lo que te digo? –exclamó mi tía, con los ojos encendidos. – ¡Era un lunar, no era un “coso”! ¿Pero por qué no le contás lo que le gritabas en el carnaval?

Mi  madre miró hacia un costado y se ruborizó.

– No sé… no me acuerdo –murmuró.

Yo me moría de la intriga.

– ¿Qué le decía?

Lily se acercó una mano a la boca y, como un canillita que vocea una noticia, gritó:

– ¡Toña, disfrazate de linda!

A pesar de que se moría de vergüenza, mi madre acompañó nuestras risas.

– Pobre Toña –dijo, al fin, con la cabeza baja. – ¿Qué será de la vida?

Lily apuró un mate:

– ¿No te enteraste? Murió.

Hubo un silencio incómodo.

– Hace poquito –siguió mi tía. – Hablé con la hija, seguían viviendo en la casa de siempre, en Avellaneda. Tenía cáncer.

Era evidente que mi madre no sabía qué decir, ni tuvo tiempo de pensarlo. No me acuerdo si en ese momento sonó el teléfono, o alguien del comedor preguntó para cuándo los canelones, lo cierto es que en toda la tarde no se habló más del tema.

La cosa siguió en una visita a la casa de mis viejos. Arriba de la mesa del comedor me encontré con una varilla de alambre, más o menos gruesa, con las puntas dobladas. Entre un extremo y el otro se acumulaban un montón de chapitas viejas de gaseosa y cerveza, cada una con un agujero en el medio para que el alambre las atraviese. Antes de que pudiese preguntar nada, mi madre agarró el alambre de una punta y lo movió para hacer sonar las chapitas:

– Esto lo hizo tu abuelo. Mirá qué laburo. ¿Te acordás que el otro día estuvimos hablando del carnaval con la tía? A partir de noviembre, más o menos, cada vez que destapaba una botella, papá le hacía un agujerito en el medio a la chapita y la pasaba a través del alambre. Así se juntaba una buena pila hasta febrero, cuando llegaba el carnaval. Le hacía un doblez a cada punta, para que no escaparan las tapitas, y me la daba. Y con esto salía a hacer ruido por la calle. Mirá vos qué ocurrencia…

Volvió a agitarlo, esta vez más fuerte. De nuevo quise hacer una pregunta y mi madre me frenó con la mirada:

– Escuchame, te quiero pedir un favor.

Me tuvo que  indicar por dónde agarrar después de bajar Puente Alsina, porque mi desconocimiento sobre Avellaneda era bastante grande. Paramos en una calle angosta, de casas bajas. Mi vieja agarró la varilla con chapitas, se detuvo a mirarla unos segundos y se bajó del auto.

– Esperame acá –dijo. – No me tardo.

Se acercó a una casa modesta pero de buen aspecto, con un jardín apenas separado de la vereda por una cerca baja y una verja despintada de negro. Poco después se asomó por la puerta una chica de unos treinta y pico, en ropa de entrecasa. Se acercó tímidamente hasta mi madre mientras se secaba las manos con un repasador. Desde adentro del auto no podía escuchar lo que decían, pero veía la cara extraña de la chica cuando recibió en sus manos la varilla. Lo que pasó después, ni me lo podía imaginar.

No sin alguna dificultad apareció por la puerta una señora de la edad de mi madre, o poco más. Flaquísima, con el pelo revuelto completamente encanecido y un aspecto desalineado, casi de suciedad. De la nariz le sobresalía algo, no era un lunar, más bien un… “coso”.

El rostro de mi madre pasó del blanco total al rojo furioso en menos de lo que tardo en describirlo. Intercambiaron unas palabras y se tomaron de las manos, en un gesto que me pareció más de cortesía que de verdadero afecto. De forma casi abrupta, mi vieja dio media vuelta y enfiló para el auto.

– Vamos, vamos, ya está –dijo. Le llameaban los ojos.

Mientras arrancaba, pasé la mirada por la entrada de la casa. La chica todavía estudiaba la varilla como si fuese un arma extraterrestre. La señora siguió con desconcierto la dirección del auto.

Al lado, mi madre manoteaba desesperada en la cartera. Tomó el celular y marcó. Poco a poco, mi mente se iba haciendo una idea del asunto. Hasta que la ficha, finalmente, cayó.

– ¡Lily! ¡Lily! Escuchame una cosa, ¿de dónde sacaste vos que la Toña se había muerto?

Ahí, con una sonrisa inevitable, me imaginé a la tía revelando en la noche de carnaval de qué manera había engañado a todos. Arrimé un poco la oreja al teléfono. Aun sin acercarme demasiado, se podían oír del otro lado las sonoras carcajadas de la genia del disfraz.

 
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