El acto de la creación, de Arthur Koestler

Koestler

Muebles antiguos, estatuillas griegas, madonnas góticas, maestros antiguos y modernos son fraguados, copiados y falsificados constantemente, y el valor que adjudicamos al objeto no está determinado por la apreciación estética y el placer visual sino por el juicio precario y falible de los expertos. Y siempre será falible por la buena y sencilla razón de que el genio no consiste en el perfecto ejercicio de una técnica, sino en su invención; una vez que la técnica se ha establecido, discípulos e imitadores diligentes pueden realizar obras en ese lenguaje, a menudo imposibles de distinguir de las del maestro, y a veces técnicamente superiores.

Hace algunos años, en un baile de disfraz –creo que en Montecarlo- se organizó una competencia para decidir cuál de los invitados disfrazados de Charlie Chaplin se parecía más al original. Chaplin en persona estaba entre ellos, y sólo ganó el tercer premio. En 1962, el museo Fogg de Harvard organizó una exhibición privada para expertos. Algunas piezas eran falsas, otras genuinas; los invitados debían decidir cuál era cuál. Entre ellas se incluían un retrato original de Annibale Carracci, uno de los pintores más influyentes del barroco italiano, y una copia contemporánea del mismo; también un dibujo original de Picasso de la Madre y el Niño, y dos falsificaciones. El resultado fue similar al de la competencia de Chaplin; entre los que eligieron una falsificación estaban el presidente del Departamento de Arte de Princeton y el secretario del Fogg; el director del Metropolitan rehusó someterse a la prueba, mientras que otros peritos “hicieron anotaciones en papeles, compararon sus veredictos con los resultados oficiales, y arrugaron sus papeles en silencio”.

Repito: la principal característica del genio no es la perfección, sino la originalidad, la apertura de nuevas fronteras; una vez que lo consigue, el territorio conquistado se vuelve propiedad común. El hecho de que ni siquiera expertos profesionales puedan señalar la diferencia de mérito artístico entre el verdadero y el falso Picasso, Caracci, o Vermeer, es prueba concluyente de que tal diferencia no puede ser percibida por el ojo del profano.

Publicado en el número 1 de la revista Minotauro (abril de 1983). Como se me ocurre que no debe ser fácil de conseguir, decidí publicarlo íntegro acá. De más está decir que acuerdo completamente con Koestler.

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Recomendado
Pueden llamarme Vermeer: la increíble historia del falsificador holandés Hans van Meegeren. Por Juan Forn.

2 comentarios

  1. Excelente fragmento. Me voy a hacer un trámite en la facultad con estas ideas revoloteando en mi cabeza. Besos!.

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