Historieta sobre inclusión social

Esta es la historieta que presenté para el concurso “Mi amiga Buenos Aires, una ciudad inclusiva”, organizado por COPIDIS y el Gobierno de la Ciudad. El dibujo es del amigo Guido Quaranta. Como no ganamos nada, la subo para que la puedan leer.

La consigna del concurso era mentir sobre cómo Buenos Aires es una ciudad “amigable” para todas aquellas personas con distintas discapacidades motrices, impedimentos físicos y demás. Más allá del resultado final, estoy contento de haber podido elaborar una historia que más o menos se ajustaba a los requerimientos del certamen sin tener que traicionar mis ideas acerca del estado de la ciudad y la gestión de Mauri y sus esbirros.

Bueno, espero que les guste y me dejen sus impresiones.

Cuento mío en Aventurama #21

“Historia del superhéroe y la doncella” es un cuento que escribí hace unos años (en el 2005 para ser más precisos) y subí al sitio web LiterArea Fantástica, dirigido por Jorge Oscar Rossi (con quien realicé un taller literario por aquel entonces).

Para sorpresa mía, y gracias a la generosidad de Christian Vallini Lawson, el cuento salió publicado en el #21 de Aventurama, revista de relatos de ciencia ficción que incluye a autores veteranos junto a otros más jóvenes. Su director es Julio de Luca, seudónimo tras el que se esconde el legendario guionista y escritor Alfredo Grassi.

Aventurama forma parte de una serie de publicaciones independientes dedicadas a distintas vertientes de la ciencia ficción, agrupadas bajo la Asociación de Publicaciones de Ficción (A.P.F.).

Bueno, para quienes quieran leerlo, allí está. Pueden encontrar los puntos de venta y los contenidos de los números anteriores en el blog de la revista.

¿Por qué escribís?

Una breve selección que recopilé de Internet:

“Hay tanta gente que escribe para lucirse… Yo empecé así y fracasé hasta el día en que olvidé esas pretensiones”. Adolfo Bioy Casares

“Los que pueden, actúan, y los que no pueden y sufren por ello, escriben”. William Faulkner

“Si la escritura es honesta no puede ir separada del hombre que la ha escrito”. Tennessee Williams

“Todos los escritores que conozco tienen problemas para escribir”. Joseph Heller

“Los buenos escritores –no hace falta repetirlo- son aquellos que saben siempre, exactamente, cuándo no deben escribir”. Roger Wolfe

“La mayor parte de la escritura se hace lejos de la máquina de escribir”. Henry Miller

“Sólo hay un modo de hacer dinero escribiendo: casarse con la hija de tu editor”. George Orwell

De chico pasé por varias profesiones: bombero, astronauta, cartero (me parecía maravilloso que mi trabajo fuese pasear por la ciudad), paleontólogo, analista de sistemas (nunca supe bien qué era, solo me gustaba el nombre), dibujante. Terminé haciendo la carrera de Diseño Gráfico y, de un tiempo a esta parte, dedicándole gran parte de mis esfuerzos a la escritura (guión, artículos, cuentos, etc.).

Esta introducción viene a cuento de que el otro día, en el taller de Diego Agrimbau salió la cuestión del tema y el “mensaje” que subyace en cada obra. Hablamos de la preponderancia o no de ese mensaje por sobre la historia, y de aquello que se quiere transmitir como punto de partida o como búsqueda simultánea a la construcción del relato (yo claramente me inscribo en el segundo grupo).

Todo esto me llevó a una reflexión extraña: ¿Siempre que se escribe se tiene algo para decir?

Hay una progresión lógica que motiva el acto de la escritura: es casi imposible que alguien que lee mucho escape al impulso serio de escribir. Pero lo que lleva a esa acción puede diferir. Es posible que exista el deseo imperioso de manifestar una reflexión para la que la historia sirve como mero vehículo; o también, el simple placer demiúrgico de crear universos coherentes y tramas verosímiles y lógicas, cuyo mensaje se le aparecerá al autor de alguna manera en algún momento. El problema radica cuando eso que dice la historia no coincide con la voz propia. ¿Qué hacer, entonces? ¿Continuar de todos modos, en honor a la verosimilitud de la trama, o barajar y dar de nuevo? ¿Es posible en cualquier caso discernir la historia del mensaje, como si fuesen dos polos completamente independientes?

En todo caso, estoy bastante seguro, aunque suene ilógico, de que no siempre se escribe cuando se tiene algo para decir. Hasta ahora, los mensajes que se han aparecido en mis historias me han agradado, y tal vez se deba a que, de una u otra forma, todas mis situaciones y personajes son muy cercanos a mis intereses. Aunque no descarto que pueda pasarme lo contrario.

Y si llego a descubrir que detrás de la fachada del relato no hay absolutamente nada… bueno, espero no terminar como el personaje de Quino.

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Recomendado
Microrrelatos: cuando la síntesis se confunde con la liviandad. Y viceversa. Por Rodrigo Fresán.

Nueva Komikku

Vuelve Komikku, la revista de manga y animé de FreakShow Press que –prometen- retomará su periodicidad bimestral.

En este número, en la sección de cine “Poneme los subtítulos” escribo sobre Exte: Hair Extensions, una extrañísima película de terror de Sion Sono, el mismo director de Suicide Circle.

Se consigue por $11.50 en comiquerías y kioscos de revistas.

Cambio de domicilio

Debido al feliz motivo que encabeza este posteo, voy a estar un tiempo –espero que no muy largo- sin computadora propia. Así que estaré yirando entre la casa de mis viejos, el laburo (donde estoy escribiendo ahora) y algún que otro ciber.

Aviso al promedio de trece visitantes diarios de este blog que es muy probable que mis posteos se espacien más de lo habitual.

Mientras tanto, para suplir la ausencia de compu (y otro tanto por raye/ manía/ capricho personal) me quiero comprar una máquina de escribir usada. ¿Alguien me puede pasar el dato de alguna baratita, de, digamos, menos de $100? Y que funcione, claro.

Desde ya, muchas gracias.

Sobre la neutralidad tecnológica

Hace un tiempo leía esta nota en The New Yorker. Habla, a grandes rasgos, de los avances en biotecnología, y cómo a partir de la manipulación de secuencias de ADN se pueden llegar a modificar células vivas. A pesar de ser larga y contener varios pasajes referentes a cuestiones científicas que me resultan ininteligibles, no pude dejar de leerla. Me sorprendió bastante que los dilemas éticos que  inevitablemente plantea una investigación de estas características aparecían apenas reseñados en la nota. Y me disparó algunas reflexiones.

Es, en verdad, curioso cómo la idea positivista de que todo progreso tecnológico y descubrimiento científico redundará en un beneficio para la humanidad (imperante sobre todo durante los comienzos del siglo XX) todavía sigue, para muchos, en plena vigencia. No basta la desenfrenada carrera armamentística, la depredación de los recursos naturales del planeta ni la profundización de las desigualdades sociales para convencer de lo contrario. La ciencia aparecerá siempre cubierta con una pintura de transparencia que impedirá que el común de la gente perciba intenciones comerciales subyacentes. Y la próxima invención tecnológica siempre será mejor que la anterior y nos servirá para vivir una vida más simple, para ser más atractivos y estar cada día más conectados. El mundo se hace más pequeño y sus máquinas funcionan cada vez más rápido. Y de vez en cuando se recordará a aquellos que no fueron lo suficientemente veloces y tuvieron que irse a dormir afuera.

No me malinterpreten: no soy un reaccionario que niega cualquier novedad solo por ser distinta a lo anterior. Pero la aceptación sin cuestionamientos, con la creencia ingenua de que no existe ningún interés comercial por detrás de cualquier “adelanto” o que los hombres de ciencia son entes desprovistos de ideología, constituye una actitud igual o peor al rechazo prejuicioso.

Y me da la impresión de que, lejos de aminorarse, la carrera por la actualización permanente va camino a alcanzar velocidades de vértigo. Los nuevos aparatos tecnológicos ya no vienen a suplir necesidades: vienen a crearlas.

Tal vez tenía razón Luca Prodan cuando decía, en la introducción a su versión de Años, que lo único que cambia es la tecnología, pero el hombre sigue siendo el mismo.

“El tiempo pasa… nos vamos poniendo tecnos”.

La viñeta de arriba es de Sergio Langer.

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Recomendado
“La incertidumbre respecto al futuro es cada vez mayor”
: entrevista a Ana Morato, directora del Observatorio de Prospectiva Tecnológica Industrial. Por Mónica Salomone (diario El País).

Animadores: Winsor McCay

A Winsor McCay no le bastó con ser uno de los dibujantes más prolíficos e influyentes de la historia, parir una serie de creaciones insuperables en historieta (Little Sammy Sneeze, Dream of a Rarebit Fiend, The Story of Hungry Henrietta) y crear un hito en la historia del medio con Little Nemo in Slumberland. Tenía también que meterse con el cine de animación, y –como no podía ser de otra manera- sentar un precedente y un pico de calidad altísimo.

A pesar del éxito que había alcanzado, a partir de 1905, con Little Nemo y el resto de las tiras que publicaba periódicamente, McCay siempre se vio en dificultades económicas. Motivo por el cual se decide a realizar una práctica habitual por aquella época: presentarse en distintas ciudades con un número de vaudeville en el que dibuja ante el público con un pizarrón y una tiza. Preocupado por ofrecerle un mayor atractivo a sus espectadores, en 1911 estrena en uno de sus shows su primer cortometraje animado –que pueden ver arriba-, protagonizado por Little Nemo y sus amigos. En la película aparece también el propio McCay contándole la idea a sus amigos, y una maravillosa escena en la que ingresan a su estudio varios barriles de tinta y enormes resmas de papel, con los que realizaría, uno por uno, los 4.000 fotogramas que componen el corto animado.

La experiencia tuvo una gran repercusión y McCay continuó presentando animaciones en sus espectáculos: “How a mosquito operates” (1912), “The Centaurs” (1921), varios cortos basados en su tira Dream of a Rarebit Fiend y su obra maestra, “Gertie, the dinosaur” (1914) –considerado en un ranking realizado por críticos de cine como el mejor cortometraje animado de la  historia-, en el que el realizador interactúa en pantalla con el personaje.

Winsor McCay murió en 1934. Su obra y su legado quedarán para siempre.